Querido amigo,
la luz ha sido, durante años, una pequeña obsesión personal.
He pasado buena parte de mi vida persiguiéndola. La fotografía, en el fondo, no es más que eso: aprender a reconocer cuándo la luz decide, por un instante, ponerse de tu parte. Con el tiempo uno entiende que no se trata de tener más luz, sino de estar en el lugar adecuado cuando aparece con intención.
Quizá por eso siempre he desconfiado de la iluminación contemporánea. Vivimos rodeados de una claridad insistente, casi autoritaria, que no distingue entre lo que merece ser revelado y lo que agradecería permanecer en penumbra. Todo está encendido, todo es visible, todo parece igualmente importante… y, como imaginarás, no lo es.
Prefiero pensar la luz artificial como una invitada discreta. Alguien que sabe cuándo hablar y cuándo retirarse. No necesitas la misma luz para leer que para servir un buen champagne —muy frío, por supuesto— ni para alargar una conversación que empieza, por fin, a volverse interesante.
-